Cuando
el último de los marineros hubo salido, el Doctor les siguió sin dejar de echar
pequeños vistazos a sus espaldas, asegurándose de que ninguna sombra acechara de
forma extraña. Atravesaron las bodegas, dejaron atrás cañones, barriles de
pólvora, avena, patatas y carne en salazón, y subieron a la cubierta donde el
sol empezaba a hacer acto de presencia. A esas horas de la mañana su brillo aun
era de un anaranjado mortecino, pero lo suficientemente fuerte como para
iluminar toda la superficie.
jueves, 2 de octubre de 2014
lunes, 29 de septiembre de 2014
Sombras en el Océano - Parte 1
Bajó de la litera con la misma
energía con que lo hacía cada mañana. Tenía una larga barba y su pelo enmarañado
daba la impresión de que nunca hubiera sido domado. Parecía un hombre joven, al
menos a primera vista eso relataban
sus facciones, pero sus ojos dejaban entrever una expresión distinta. Eran
cristales de un verde parduzco, ávidos e incisivos, pero a la vez cansados.
Tenía aquella extraña mirada de anciano que desentonaba por completo con su
aspecto jovial. Un joven viejo impertinente que nunca paraba de moverse,
aleteando las manos de un lado a otro, sin poder cerrar la boca un solo
segundo.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Un par de microrrelatos...
Os dejo un par de microrrelatos que presenté para la ultima edición del concurso de Microrrelatos Ser. Como os podéis imaginar, no gané...
En algún punto del camino
-Nuestros mismos ojos ya no son los mismos -dijo ella-, cambiaron en algún punto del camino.
Yo no la entendí entonces, tardé un tiempo atisbar el cambio que se había producido en mí, el que se había producido en los dos. Pero allí, parado en mitad de aquella avenida, viéndola alejarse de la mano de alguien que no era yo, comprendí que nada permanece inmutable. Yo me había convertido en un desconocido y ella se había encontrado a sí misma, lejos de mí.
-¿Nos volveremos a ver? –le pregunté entonces.
-Siempre que recuerdes tiempos mejores –respondió.
Pero los tiempos mejores estaban por venir.
En un suspiro
martes, 4 de marzo de 2014
Lo irrelevante de lo absurdo
Fran bajó las escaleras, abrió la puerta y salió a la calle. Hacía frío, demasiado, así que se ajustó el abrigo de paño y se enfundó los guantes de cuero. En aquella avenida, que tantas veces había recorrido, nada parecía estar fuera de lo común. La gente transitando arriba y abajo, absorta en su propio mundo interior; los coches mal aparcados, a un lado y a otro, dificultando la circulación; el mal llamado tonto del pueblo, en una esquina, vendiendo cupones y mirando el culo de las chicas a las que veía pasar, esperaba el autobús de las y cuarto, en el que siempre invadía el espacio personal de la vecina. Un día normal, soleado y con un poco de viento frío, húmedo, típico del invierno murciano.
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